Me sedujiste, Señor, y me deje seducir
Me deje seducir por tu Palabra que ha encendido mi vida. Palabra ardiente que ha tomado todo mi cuerpo, todo mi ser, convirtiéndolo en ofrenda agradable, viva y santa.
Me deje seducir por tu Palabra que no entiendo o no quiero entender.
Palabra que habla de muerte y resurrección, de cruz y seguimiento, de perder para ganar
Tu me quieres libre para amar sin medida, para seguirte sin rendirme ante la dificultad.
Que no arruine mi vida presente, ni la futura, fruto de tu cruz salvadora y gloriosa.
Como San Ignacio de Loyola hoy te digo:
“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y poseer.
Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro, disponed de toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.”
Me sedujiste, Señor, y me deje seducir.