Gracias, Señor Jesús, porque, proclamándolos dichosos,
devolviste la dignidad, el Reino y la esperanza
a los que el mundo tiene por últimos e infelices:
Los pobres y los humildes, lo que lloran y sufren,
los que tienen hambre y sed de fidelidad a Dios,
los misericordiosos que saben perdonar a los demás,
los que proceden con un corazón limpio y sincero,
los que fomentan la paz y desechan la violencia,
los perseguidos por servirte a ti y al evangelio.
Tengo hambre de la justica, que la busque en Ti.
Tengo deseo de paz, que no solo sea una buena intención,
que la pobreza sea condición de libertad y no de angustia.
Que mi llanto no me lleve a la desesperación.
Que mi humildad no sea cobardía, que sea misericordioso,
pero no superficial e indiferente.
Y, gracias, porque en este camino, el de la santidad, donde no nos dejas solos, estamos acompañados y alentados por la multitud de los Santos.